viernes, 28 de diciembre de 2012

CAPÍTULO 2



           Jade pasó un buen rato en el parque. Fue algo extraño, una casualidad mejor dicho, pero en ese mismo instante comenzó a llover. Al principio era unas pequeñas gotas, gotas que en un verano tan cálido cualquiera agradecía, pero con el paso del tiempo se aumentaron asta que comenzaran a caer en forma de chaparrón. Ella no se levanto. Simplemente se abrazó las rodillas y se quedó con la mirada fija en un árbol.

Las gotas descendían por su frente, y el frío comenzaba a invadir su cuerpo. Con todo lo que tenía en mente, el sonido de lluvia la relajaba y el sonido de las hojas de los árboles que se movían a causa del viento la despejaba.

Unos brazos colocaron un abrigo encima de ella, y luego la misma persona camino despacio para agacharse delante. La muchacha también estaba mojada, empapada mejor dicho. A Jade se le hizo familiar su rostro. Era Janet, una de sus amigas.

            La muchacha acabo arrodillándose para colocarse en una mejor posición, y la miro un rato. Después le colocó mejor el abrigo, y la abrazó lo más fuerte que pudo. Jade la correspondió llorando. Al separarse:

—Vámonos Jade —dijo la joven ayudándola a incorporarse—. Estas empapada.

            En el umbral estaban esperando Sara y Lisa, que en el instante que vieron a Jade bien suspiraron de alivio.

            Ayudaron a que Jade entrara en casa, y Janet le trajo ropa seca mientras las demás la acompañaban a la sala de estar. Se vistió con la ropa de su amiga, y le dio un sorbo al café que anteriormente le habían preparado.

Chicas, yo… Es que…Jade no podía hablar.
Tranquila, estamos aquí. Tómate tu tiempodijo Sara mientras la ayudaba a entrar en calor.
—¿Cómo me habéis encontrado?dijo una vez que sé tranquilizó.
Tu madre nos ha llamado diciendo que habíais discutido y que te habías escapado.—Sara suspiró.
Siempre que te sucede algo grabe vas al mismo sitio Jadedijo Lisa. Nos tienes aquí. Para lo bueno y para lo malo. Lo sabes.Jade asintió y se acurruco junto a ellas.

            Pasaron semanas, pero Jade ya lo había decidido. Las explicaciones de su madre no le servían de nada, además no la creía. Ya no sabía cuando mentía, ni cuando decía la verdad. Jade no sabía quien era. No sabía nada de su procedencia.

 Sus amigas la apoyaron en todo, la aconsejaron, le ayudaron a buscar información…No consiguió hablar con su padre. Tampoco es que lo intentara mucho, le daba miedo, vergüenza… muchos sentimientos acumulados, así que decidió ir en busca de él con toda la información que tenía.


Cogió la maleta, y se dirigió al taxi que la esperaba en el aeropuerto de Kenora.  Así se llamaba el pueblo, Kenora. Era el típico pueblo rodeado de lagos y bosques de Canadá. Durante todo el trayecto no paro de mirar por la ventana. Todo era muy distinto. El clima especialmente. A pesar de que fuera verano, el cielo estaba un poco oscuro, y había humedad por todos los lados. Por la ventana se apreciaban los bosques que estaban preciosos y sin que nadie los tocara comparados con los de California.

Pasó unos siete u ocho minutos aproximadamente en el coche cuando comenzó a avistar las primeras casas del pueblo.

Antes de que se diera cuenta el conductor paró, y la miro:

—Ya hemos llegado. Espero que haya disfrutado el trayecto.
—Muchísimas gracias —dijo Jade mientras le daba el dinero—. Estamos en el centro?
—Así es. —El muchacho sonrió. —Estamos en la avenida Mellick. Perdona mi atrevimiento pero ¿Eres nueva?
—Tranquilo, no pasa nada, y sí, soy nueva—Dijo Jade mientras le dedicaba una sonrisa—. Vives aquí?
—No, soy de un pueblo cercano, pero conozco este pueblo perfectamente.
—Vaya! Entonces puede que sepas donde vive Tom Raymond.
—¿Tom? Pues claro! Todo el pueblo le conoce. —El muchacho mostro una cara feliz al pensar en el. — Vive en una casa cerca del orilla del lago, cerca del cementerio.
—Vaya…
—¿Que pasa? —dijo el muchacho mientras mostraba una cara leve preocupación.
—Que no tengo ni idea de donde puede estar.
—Si quieres te acerco que no me cuesta nada.
—No es necesario tranquilo.
—Yo creo que si —dijo el muchacho mostrando una sonrisa en su rostro—. No te lo cobraré tranquila.
—A, no, no te lo decía por dinero solo…
—Tranquila, no pasa nada. —El muchacho se rio y Jade le correspondió.

            El taxi volvió a ponerse en marcha, y el silencio inundó por unos instantes los alrededores.

—Y como es que una muchacha tan joven ha venido sola aquí?
—E venido a conocer mi pueblo natal —dijo Jade con la esperanza de que el muchacho no preguntara más sobre el tema.
—Vaya, eso es muy interesante.  Espero volver a verte, y si no suerte!


            Jade salió del taxi y después de despedirse del muchacho avistó por primera vez su verdadero hogar. Una casa muy grande, echa de madera y decorada por unos tótems. Esa casa le producía tranquilidad y calor, pero al mismo tiempo curiosidad e inquietud.

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viernes, 7 de diciembre de 2012

CAPITULO 1


“La vida es como una montaña rusa, tiene subidas y bajadas”. Siempre le ha gustado esa frase a Jade. Pensaba que era muy realista, aunque últimamente se había quedado estancada en la bajada. La semana estaba siendo un asco y la muchacha no comprendía por qué.
Era verano y, a pesar de que casi todos los días salía con sus amigos, se sentía sola. Esa extraña sensación la invadía por completo. En parte pensaba que era porque su mejor amiga estaba fuera, pero, un día sin más, un suceso le abrió los ojos y lo comprendió todo.

El despertador comenzó a sonar y lo apagó de mal humor. La mañana anterior tuvo que madrugar para despedir a la tía Judith, que había pasado unos días con ellas. Ese día, en cambio su objetivo era pasar toda la mañana durmiendo. No obstante, se había olvidado de apagar el despertador la noche anterior, así que, como ya estaba despierta, decidió levantarse y aprovechar la mañana.

Se adentró en la cocina, y en la sala de estar se oía a su madre hablando por teléfono. Lo tenía en altavoz, así que supuso que estaría pintándose las uñas o algo por el estilo. No prestó atención a la conversación, en vez de eso cogió una taza, y echó cereales en ella. Luego, paso un instante decidiéndose si tomar un café o simplemente cereales con leche. Al final se decanto por la segunda opción y llenó la taza de leche.

Su mirada se perdió por la ventana. Dejo de pensar en los problemas por un instante. Lo único que se oía a su alrededor era el crujir de los cereales en la boca y la voz de su madre al hablar. La otra voz con la que conversaba le era familiar, pero no conseguía identificarla. La curiosidad la pudo así que la conversación se convirtió en su centro de atención.

Deberías hablar con él ―decía la voz del desconocido―. Él también tiene derecho, ahora más que nunca además.
¿Ahora más que nunca? Emily, ya sabes que ha tenido más de diez años para intentarlo, y no ha hecho nada —Esta era su madre y en su voz se notaba una rabia que Grace no percibía desde hacía mucho tiempo.
Tú también has tenido todo este tiempo Anne, y no has hecho nada.
Lo sé, pero se supone que él debería poner más de su parte, ¿no crees? Debería haberse molestado en saber algo de su hija.
¿Pero no te das cuenta de que no le dejaste opción?
¿Qué dices? —La conversación era más interesante de lo que la muchcha había pensado. 
Saboreó otra cucharada de cereales mientras seguía concentrada.
Te recuerdo que cuando lo vuestro se torció lo amenazaste. ¿O acaso no te acuerdas?
¿Y que querías que hiciera? ¡Podía haberle hecho daño a Jade! —la mente de Grace se puso en marcha, “¿Mi nombre? ¿Pero, qué pintaba yo en la conversación? ¿Y qué significaba que él debía preocuparse más por su hija? Un momento, ¿papá?”
¿Acaso crees que la tocaría? Vamos Anne, sabes que él no haría algo así. En cambio tú le amenazaste con revelarlo todo, ¡y le quitaste el derecho a ver a su hija!
¿Qué querías que hiciera? Te recuerdo que ese mes murieron 5 vecinos, Emily —Anne parecía realmente alterada—. ¿Cómo sabes que fue él? ¿Acaso tienes pruebas?
—¡No podía dejar a Jade en la misma casa! ¡Es mejor así!
Anne, tú le querías —Cogió la taza que anteriormente había dejado en la encimera y comenzó a caminar hacía ella. Necesitaba explicaciones.
Fue un error, ¿vale? Él es mayor que yo.
¿Y eso qué importa? ¡Erais la pareja más feliz del pueblo! ¡Él tiene derecho a verla y tu hija también!
Pero, ¿por qué te entrometes, Emily? ¿Por qué ahora, después de más de diez años? ¡No es asunto tuyo!
¿Que por qué? ¿En serio me lo preguntas? No aguanto llevar esta carga, Anne. No soporto tener que guardar el secreto. Es muy difícil aguantármelo cada vez que estoy con Jade. ¡Ella confía en mí!
Pero, si lo has hecho durante estos años, ¿por qué ahora de repente quieres hablar? ¿Por qué? ¡No lo comprendo! —Pudo oír a su madre soltar un gran suspiro.
Vale, tú lo has querido; Tom está enfermo. No quiero que por tus estupideces Jade no vuelva a estar con su padre. ¡Joder! Tom es mi amigo y tiene derecho a verla, Anne, no le queda mucho.
Emily, yo… No puedo, sabes que no. No puedo hacer nada. Es lo mejor para Jade.
¿Qué es mejor para mí, mamá? —dijo atropelladamente entrando en la cocina, sobresaltándola. Podía notar cómo por sus mejillas comenzaban a caer las lágrimas—. ¿Por quién me tomas? Durante todos estos años me he preguntado el porqué de que papá nos abandonara, y, ¿resulta que no es así? ¿Resulta que tú no le permites verme? —Se acercó a ella, señalándole con el dedo índice mientras con la otra mano se enjuagaba las pocas lágrimas que no lograba reprimir—. ¿Mi padre se muere y tú ni siquiera me lo pensabas decir?
Jade, puedo explicártelo. Yo…
¿Ahora? ¿Me lo piensas explicar ahora? ¡Si no hubiera oído esta conversación me habrías seguido mintiendo! ¡Vete a la mierda, mamá! —Salió corriendo de aquella horrible casa, ni siquiera molestándose en coger el abrigo.
-¿Jade a donde vas? ¡Vuelve! —Su madre gritó, en el umbral de la puerta. Sin mirar hacia atrás, se deslizó fuera de la parcela de jardín, descargando su furia en uno de los enanitos de jardín que adornaban la entrada.

Jade se perdió entre las calles hasta que llegó a un parque desierto, con tan sólo algún que otro deportista y una pareja paseando de la mano. La pobre no podía más, era todo demasiado. Cayó de rodillas, desesperada, y todas las lágrimas que había procurado no derramar salieron como cataratas. El mundo se le caía encima.


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