viernes, 7 de diciembre de 2012

CAPITULO 1


“La vida es como una montaña rusa, tiene subidas y bajadas”. Siempre le ha gustado esa frase a Jade. Pensaba que era muy realista, aunque últimamente se había quedado estancada en la bajada. La semana estaba siendo un asco y la muchacha no comprendía por qué.
Era verano y, a pesar de que casi todos los días salía con sus amigos, se sentía sola. Esa extraña sensación la invadía por completo. En parte pensaba que era porque su mejor amiga estaba fuera, pero, un día sin más, un suceso le abrió los ojos y lo comprendió todo.

El despertador comenzó a sonar y lo apagó de mal humor. La mañana anterior tuvo que madrugar para despedir a la tía Judith, que había pasado unos días con ellas. Ese día, en cambio su objetivo era pasar toda la mañana durmiendo. No obstante, se había olvidado de apagar el despertador la noche anterior, así que, como ya estaba despierta, decidió levantarse y aprovechar la mañana.

Se adentró en la cocina, y en la sala de estar se oía a su madre hablando por teléfono. Lo tenía en altavoz, así que supuso que estaría pintándose las uñas o algo por el estilo. No prestó atención a la conversación, en vez de eso cogió una taza, y echó cereales en ella. Luego, paso un instante decidiéndose si tomar un café o simplemente cereales con leche. Al final se decanto por la segunda opción y llenó la taza de leche.

Su mirada se perdió por la ventana. Dejo de pensar en los problemas por un instante. Lo único que se oía a su alrededor era el crujir de los cereales en la boca y la voz de su madre al hablar. La otra voz con la que conversaba le era familiar, pero no conseguía identificarla. La curiosidad la pudo así que la conversación se convirtió en su centro de atención.

Deberías hablar con él ―decía la voz del desconocido―. Él también tiene derecho, ahora más que nunca además.
¿Ahora más que nunca? Emily, ya sabes que ha tenido más de diez años para intentarlo, y no ha hecho nada —Esta era su madre y en su voz se notaba una rabia que Grace no percibía desde hacía mucho tiempo.
Tú también has tenido todo este tiempo Anne, y no has hecho nada.
Lo sé, pero se supone que él debería poner más de su parte, ¿no crees? Debería haberse molestado en saber algo de su hija.
¿Pero no te das cuenta de que no le dejaste opción?
¿Qué dices? —La conversación era más interesante de lo que la muchcha había pensado. 
Saboreó otra cucharada de cereales mientras seguía concentrada.
Te recuerdo que cuando lo vuestro se torció lo amenazaste. ¿O acaso no te acuerdas?
¿Y que querías que hiciera? ¡Podía haberle hecho daño a Jade! —la mente de Grace se puso en marcha, “¿Mi nombre? ¿Pero, qué pintaba yo en la conversación? ¿Y qué significaba que él debía preocuparse más por su hija? Un momento, ¿papá?”
¿Acaso crees que la tocaría? Vamos Anne, sabes que él no haría algo así. En cambio tú le amenazaste con revelarlo todo, ¡y le quitaste el derecho a ver a su hija!
¿Qué querías que hiciera? Te recuerdo que ese mes murieron 5 vecinos, Emily —Anne parecía realmente alterada—. ¿Cómo sabes que fue él? ¿Acaso tienes pruebas?
—¡No podía dejar a Jade en la misma casa! ¡Es mejor así!
Anne, tú le querías —Cogió la taza que anteriormente había dejado en la encimera y comenzó a caminar hacía ella. Necesitaba explicaciones.
Fue un error, ¿vale? Él es mayor que yo.
¿Y eso qué importa? ¡Erais la pareja más feliz del pueblo! ¡Él tiene derecho a verla y tu hija también!
Pero, ¿por qué te entrometes, Emily? ¿Por qué ahora, después de más de diez años? ¡No es asunto tuyo!
¿Que por qué? ¿En serio me lo preguntas? No aguanto llevar esta carga, Anne. No soporto tener que guardar el secreto. Es muy difícil aguantármelo cada vez que estoy con Jade. ¡Ella confía en mí!
Pero, si lo has hecho durante estos años, ¿por qué ahora de repente quieres hablar? ¿Por qué? ¡No lo comprendo! —Pudo oír a su madre soltar un gran suspiro.
Vale, tú lo has querido; Tom está enfermo. No quiero que por tus estupideces Jade no vuelva a estar con su padre. ¡Joder! Tom es mi amigo y tiene derecho a verla, Anne, no le queda mucho.
Emily, yo… No puedo, sabes que no. No puedo hacer nada. Es lo mejor para Jade.
¿Qué es mejor para mí, mamá? —dijo atropelladamente entrando en la cocina, sobresaltándola. Podía notar cómo por sus mejillas comenzaban a caer las lágrimas—. ¿Por quién me tomas? Durante todos estos años me he preguntado el porqué de que papá nos abandonara, y, ¿resulta que no es así? ¿Resulta que tú no le permites verme? —Se acercó a ella, señalándole con el dedo índice mientras con la otra mano se enjuagaba las pocas lágrimas que no lograba reprimir—. ¿Mi padre se muere y tú ni siquiera me lo pensabas decir?
Jade, puedo explicártelo. Yo…
¿Ahora? ¿Me lo piensas explicar ahora? ¡Si no hubiera oído esta conversación me habrías seguido mintiendo! ¡Vete a la mierda, mamá! —Salió corriendo de aquella horrible casa, ni siquiera molestándose en coger el abrigo.
-¿Jade a donde vas? ¡Vuelve! —Su madre gritó, en el umbral de la puerta. Sin mirar hacia atrás, se deslizó fuera de la parcela de jardín, descargando su furia en uno de los enanitos de jardín que adornaban la entrada.

Jade se perdió entre las calles hasta que llegó a un parque desierto, con tan sólo algún que otro deportista y una pareja paseando de la mano. La pobre no podía más, era todo demasiado. Cayó de rodillas, desesperada, y todas las lágrimas que había procurado no derramar salieron como cataratas. El mundo se le caía encima.


-

No hay comentarios:

Publicar un comentario