“La
vida es como una montaña rusa, tiene subidas y bajadas”. Siempre le ha gustado
esa frase a Jade. Pensaba que era muy realista, aunque últimamente se había
quedado estancada en la bajada. La semana estaba siendo un asco y la muchacha no
comprendía por qué.
Era
verano y, a pesar de que casi todos los días salía con sus amigos, se sentía
sola. Esa extraña sensación la invadía por completo. En parte pensaba que era
porque su mejor amiga estaba fuera, pero, un día sin más, un suceso le abrió
los ojos y lo comprendió todo.
El
despertador comenzó a sonar y lo apagó de mal humor. La mañana anterior tuvo
que madrugar para despedir a la tía Judith, que había pasado unos días con
ellas. Ese día, en cambio su objetivo era pasar toda la mañana durmiendo. No
obstante, se había olvidado de apagar el despertador la noche anterior, así
que, como ya estaba despierta, decidió levantarse y aprovechar la mañana.
Se
adentró en la cocina, y en la sala de estar se oía a su madre hablando por
teléfono. Lo tenía en altavoz, así que supuso que estaría pintándose las uñas o
algo por el estilo. No prestó atención a la conversación, en vez de eso cogió
una taza, y echó cereales en ella. Luego, paso un instante decidiéndose si
tomar un café o simplemente cereales con leche. Al final se decanto por la
segunda opción y llenó la taza de leche.
Su
mirada se perdió por la ventana. Dejo de pensar en los problemas por un
instante. Lo único que se oía a su alrededor era el crujir de los cereales en
la boca y la voz de su madre al hablar. La otra voz con la que conversaba le
era familiar, pero no conseguía identificarla. La curiosidad la pudo así que la
conversación se convirtió en su centro de atención.
—Deberías
hablar con él ―decía
la voz del desconocido―. Él
también tiene derecho, ahora más que nunca además.
—¿Ahora
más que nunca? Emily, ya sabes que ha tenido más de diez años para intentarlo,
y no ha hecho nada —Esta
era su madre y en su voz se notaba una rabia que Grace no percibía desde hacía
mucho tiempo.
—Tú
también has tenido todo este tiempo Anne, y no has hecho nada.
—Lo
sé, pero se supone que él debería poner más de su parte, ¿no crees? Debería
haberse molestado en saber algo de su hija.
—¿Pero
no te das cuenta de que no le dejaste opción?
—¿Qué
dices? —La
conversación era más interesante de lo que la muchcha había pensado.
Saboreó
otra cucharada de cereales mientras seguía concentrada.
—Te
recuerdo que cuando lo vuestro se torció lo amenazaste. ¿O acaso no te
acuerdas?
—¿Y
que querías que hiciera? ¡Podía haberle hecho daño a Jade! —la mente de Grace se puso en
marcha, “¿Mi nombre? ¿Pero, qué pintaba yo en la conversación? ¿Y qué
significaba que él debía preocuparse más por su hija? Un momento, ¿papá?”
—¿Acaso
crees que la tocaría? Vamos Anne, sabes que él no haría algo así. En cambio tú
le amenazaste con revelarlo todo, ¡y le quitaste el derecho a ver a su hija!
—¿Qué
querías que hiciera? Te recuerdo que ese mes murieron 5 vecinos, Emily —Anne parecía realmente
alterada—. ¿Cómo sabes que fue él? ¿Acaso tienes pruebas?
—¡No
podía dejar a Jade en la misma casa! ¡Es mejor así!
—Anne,
tú le querías —Cogió
la taza que anteriormente había dejado en la encimera y comenzó a caminar hacía
ella. Necesitaba explicaciones.
—Fue
un error, ¿vale? Él es mayor que yo.
—¿Y
eso qué importa? ¡Erais la pareja más feliz del pueblo! ¡Él tiene derecho a
verla y tu hija también!
—Pero,
¿por qué te entrometes, Emily? ¿Por qué ahora, después de más de diez años? ¡No
es asunto tuyo!
—¿Que
por qué? ¿En serio me lo preguntas? No aguanto llevar esta carga, Anne. No
soporto tener que guardar el secreto. Es muy difícil aguantármelo cada vez que
estoy con Jade. ¡Ella confía en mí!
—Pero,
si lo has hecho durante estos años, ¿por qué ahora de repente quieres hablar?
¿Por qué? ¡No lo comprendo!
—Pudo oír a su madre soltar un gran suspiro.
—Vale,
tú lo has querido; Tom está enfermo. No quiero que por tus estupideces Jade no
vuelva a estar con su padre. ¡Joder! Tom es mi amigo y tiene derecho a verla,
Anne, no le queda mucho.
—Emily,
yo… No puedo, sabes que no. No puedo hacer nada. Es lo mejor para Jade.
—¿Qué
es mejor para mí, mamá? —dijo
atropelladamente entrando en la cocina, sobresaltándola. Podía notar cómo por
sus mejillas comenzaban a caer las lágrimas—. ¿Por quién me tomas? Durante todos estos años me he
preguntado el porqué de que papá nos abandonara, y, ¿resulta que no es así?
¿Resulta que tú no le permites verme? —Se acercó a ella, señalándole con el dedo índice mientras con la otra
mano se enjuagaba las pocas lágrimas que no lograba reprimir—. ¿Mi padre
se muere y tú ni siquiera me lo pensabas decir?
—Jade,
puedo explicártelo. Yo…
—¿Ahora?
¿Me lo piensas explicar ahora? ¡Si no hubiera oído esta conversación me habrías
seguido mintiendo! ¡Vete a la mierda, mamá! —Salió corriendo de aquella horrible casa, ni
siquiera molestándose en coger el abrigo.
-¿Jade a
donde vas? ¡Vuelve! —Su
madre gritó, en el umbral de la puerta. Sin mirar hacia atrás, se deslizó fuera
de la parcela de jardín, descargando su furia en uno de los enanitos de jardín
que adornaban la entrada.
Jade
se perdió entre las calles hasta que llegó a un parque desierto, con tan sólo
algún que otro deportista y una pareja paseando de la mano. La pobre no podía
más, era todo demasiado. Cayó de rodillas, desesperada, y todas las lágrimas
que había procurado no derramar salieron como cataratas. El mundo se le caía
encima.
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