Jade pasó un
buen rato en el parque. Fue algo extraño, una casualidad mejor dicho, pero en
ese mismo instante comenzó a llover. Al principio era unas pequeñas gotas,
gotas que en un verano tan cálido cualquiera agradecía, pero con el paso del
tiempo se aumentaron asta que comenzaran a caer en forma de chaparrón. Ella no
se levanto. Simplemente se abrazó las rodillas y se quedó con la mirada fija en
un árbol.
Las
gotas descendían por su frente, y el frío comenzaba a invadir su cuerpo. Con
todo lo que tenía en mente, el sonido de lluvia la relajaba y el sonido de las
hojas de los árboles que se movían a causa del viento la despejaba.
Unos
brazos colocaron un abrigo encima de ella, y luego la misma persona camino
despacio para agacharse delante. La muchacha también estaba mojada, empapada
mejor dicho. A Jade se le hizo familiar su rostro. Era Janet, una de sus
amigas.
La
muchacha acabo arrodillándose para colocarse en una mejor posición, y la miro
un rato. Después le colocó mejor el abrigo, y la abrazó lo más fuerte que pudo.
Jade la correspondió llorando. Al separarse:
—Vámonos Jade —dijo la joven ayudándola
a incorporarse—. Estas empapada.
En el
umbral estaban esperando Sara y Lisa, que en el instante que vieron a Jade bien
suspiraron de alivio.
Ayudaron
a que Jade entrara en casa, y Janet le trajo ropa seca mientras las demás la
acompañaban a la sala de estar. Se vistió con la ropa de su amiga, y le dio un
sorbo al café que anteriormente le habían preparado.
—Chicas,
yo… Es que…—Jade no podía
hablar.
—Tranquila,
estamos aquí. Tómate tu tiempo—dijo
Sara mientras la ayudaba a entrar en calor.
—¿Cómo
me habéis encontrado? —dijo
una vez que sé tranquilizó—.
—Tu madre nos ha llamado diciendo que habíais
discutido y que te habías escapado.—Sara
suspiró.
—Siempre
que te sucede algo grabe vas al mismo sitio Jade—dijo Lisa—.
Nos tienes aquí. Para lo bueno y para lo malo. Lo sabes. —Jade asintió y se acurruco junto a ellas.
Pasaron semanas, pero Jade ya lo
había decidido. Las explicaciones de su madre no le servían de nada, además no
la creía. Ya no sabía cuando mentía, ni cuando decía la verdad. Jade no sabía
quien era. No sabía nada de su procedencia.
Sus amigas la apoyaron en todo, la
aconsejaron, le ayudaron a buscar información…No consiguió hablar con su padre.
Tampoco es que lo intentara mucho, le daba miedo, vergüenza… muchos
sentimientos acumulados, así que decidió ir en busca de él con toda la
información que tenía.
Cogió
la maleta, y se dirigió al taxi que la esperaba en el aeropuerto de Kenora. Así se llamaba el pueblo, Kenora. Era el
típico pueblo rodeado de lagos y bosques de Canadá. Durante todo el trayecto no
paro de mirar por la ventana. Todo era muy distinto. El clima especialmente. A
pesar de que fuera verano, el cielo estaba un poco oscuro, y había humedad por
todos los lados. Por la ventana se apreciaban los bosques que estaban preciosos
y sin que nadie los tocara comparados con los de California.
Pasó
unos siete u ocho minutos aproximadamente en el coche cuando comenzó a avistar
las primeras casas del pueblo.
Antes
de que se diera cuenta el conductor paró, y la miro:
—Ya hemos llegado. Espero que haya disfrutado el trayecto.
—Muchísimas gracias —dijo Jade mientras le daba el dinero—. Estamos en
el centro?
—Así es. —El muchacho sonrió. —Estamos en la avenida Mellick. Perdona mi
atrevimiento pero ¿Eres nueva?
—Tranquilo, no pasa nada, y sí, soy nueva—Dijo Jade mientras le dedicaba
una sonrisa—. Vives aquí?
—No, soy de un pueblo cercano, pero conozco este pueblo perfectamente.
—Vaya! Entonces puede que sepas donde vive Tom Raymond.
—¿Tom? Pues claro! Todo el pueblo le conoce. —El muchacho mostro una
cara feliz al pensar en el. — Vive en una casa cerca del orilla del lago, cerca
del cementerio.
—Vaya…
—¿Que pasa? —dijo el muchacho mientras mostraba una cara leve
preocupación.
—Que no tengo ni idea de donde puede estar.
—Si quieres te acerco que no me cuesta nada.
—No es necesario tranquilo.
—Yo creo que si —dijo el muchacho mostrando una sonrisa en su rostro—.
No te lo cobraré tranquila.
—A, no, no te lo decía por dinero solo…
—Tranquila, no pasa nada. —El muchacho se rio y Jade le correspondió.
El taxi volvió a
ponerse en marcha, y el silencio inundó por unos instantes los alrededores.
—Y como es que una muchacha tan joven ha venido sola aquí?
—E venido a conocer mi pueblo natal —dijo Jade con la esperanza de que
el muchacho no preguntara más sobre el tema.
—Vaya, eso es muy interesante.
Espero volver a verte, y si no suerte!
Jade salió del taxi y
después de despedirse del muchacho avistó por primera vez su verdadero hogar.
Una casa muy grande, echa de madera y decorada por unos tótems. Esa casa le
producía tranquilidad y calor, pero al mismo tiempo curiosidad e inquietud.
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