Jade
comenzó a dar pasos lentos pero firmes por el pequeño camino que llegaba asta
el porche. Por el camino analizó inconscientemente todos los detalles de su
alrededor. El césped de un color verde oscuro, el camino que pisaba que era de unas
tablas de madera viejas, pero que al mismo tiempo ese viejo y gastado color le
daban belleza, los árboles que rodeaban la casa y que se movían levemente a
causa del viento…
Los tótems que había cerca
del camino le llamaron la atención a la muchacha. Por lo que investigó, Kenora
era un pueblo de orígenes indios. Y por lo que estaba viendo, su padre tenía
muy presentes sus orígenes.
Sin darse cuenta ya había
subido las escaleras y se encontraba en frente de la puerta. Con toda
tranquilidad, le dio un par de golpecitos a la puerta. En seguida se arrepintió
de lo que había echo. Quería salir corriendo.
Tom estaba leyendo un viejo
libro mientras se calentaba junto a la chimenea cuando alguien tocó el timbre.
Se asombró un poco, no esperaba a nadie. Los chicos habían quedado para pasarse
por la casa más tarde, de hecho habían asegurado que se pasarían muy tarde, ya
entrada la noche.
Colocó el pequeño libro en
la cómoda que tenía al lado, y se incorporo. Camino despacio a la puerta, y
después de colocarse bien el abrigo de lana que vestía giró el mango de la
puerta para asomarse. Delante de él había una muchacha joven, de unos
diecisiete o dieciocho años. Un cabello ondulado de color avellana, unos ojos
miel, unas pecas que inundaban su cara… le era muy familiar, pero no conseguía
identificarla. El señor Raymond intentaba adivinarlo cuando Jade hablo:
—Hola —dijo con una voz temblorosa.
—Hola. —Tom estaba descolocado—. ¿Puedo
ayudarla en algo?
—Yo… Pues… —Tardó un momento en
responder—. ¿Es usted el Señor Raymond?
—Así es, pero por favor, llámeme Tom —dijo
sonriendo.
—Quisiera hablar con usted, es algo importante.
—Pues claro, pasa —dijo indicando con la
mano la puerta.
Jade
entró en la casa junto con la maleta que llevaba desde el principio en la mano,
y siguió al señor Raymond asta el salón. La casa era preciosa, tenía una
decoración antigua y muy acogedora. Una vez se incorporaron en las butacas
cerca de la caliente chimenea, un pequeño silencio inundó el aire. Tom lo rompió:
—Bueno —dijo Tom mientras le daba un
sorbo al café que anteriormente había dejado en la cómoda—, ¿y qué era eso tan importante
del que teníamos que hablar?
—Pues… Yo… —A la muchacha se le ahogaban
las palabras en la garganta. —No sé por donde empezar…
Para
evitar la mirada de su padre, la joven cogió en la mano un marco que protegía
una foto muy bonita. En ella se mostraba a la pequeña junto a su padre. Jade
sintió como las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos, pero ella intentó
aguantar, simplemente sonrió para ocultarlas.
—Es preciosa —dijo mostrándole la foto a
Tom—.
—Es mi hija. —Sonrió— Ahora tendrá más o
menos tu edad.
Jade
seguía sonriendo, esta vez por que al mirar de nuevo la foto, se dio cuenta de
que era muy curiosa.
—Era un día de invierno cuando mi pequeña
y yo decidimos acampar en los alrededores para disfrutar de las estrellas —comenzó
el señor Raymond al darse cuenta de la cara de interés que mostraba Jade—. Pero
lo que había comenzado siendo una noche preciosa y con el cielo despejado,
acabó por ser un cielo oscuro y enfadado. La lluvia no cesaba, mucho menos los
relámpagos y los truenos. —le dio otro sorbo al café. — Al principio comenzamos
a caminar con paso ligero para llegar a la casa, pero dado que Jade estaba muy
asustada por los truenos, y que con la lluvia y el frio corríamos el riesgo de
enfermar, comenzamos a correr —dijo mientras una sonrisa se dibujaba en su
rostro al recordarlo—. Pero por el camino la pequeña tropezó con una rama, y se
cayó al suelo. La cogí en brazos mientras lloraba, y después de un rato
llegamos a casa.
—¿Esta foto es después de llegar a casa?
—Dijo Jade mientras una sonrisa iluminaba también su cara— Pobrecita, está
llena de barro.
—Así es. Por eso la sacamos, cuando la
pequeña se tranquilizó y vio las pintas que llevaba, quiso sacarse una foto.
Bueno, antes de que te aburra, ¿Qué era eso tan importante que me querías
contar?
El
pulso de Jade comenzó a acelerarse, y sus manos a sudar. La pobre no sabía como
decírselo. Al final opto por dejar de dar rodeos, y decírselo directamente.
—Soy yo papa, soy Jade —dijo mientras
una lagrima descendía por su mejilla—.
—Pero… No puede ser… Tu… Pero Anne…
—Soy yo, de verdad —dijo alargando la mano
para enseñarle el lunar que tenía en ella—.
—Pero ¿Cómo es que has venido sin avisar?
¿Y tu madre?
—¿Puedo explicártelo después? Ahora solo
necesito un abrazo tuyo, por favor.
Su
padre no dijo nada, simplemente la abrazó. Llevaban mucho tiempo sin verse, y
todos los sentimientos, tanto felices y triste, tanto alegrías y enfados… Todo
salió en forma de llanto. Tom se apartaba de vez en cuando para mirarla bien, y
le secaba las lágrimas a Jade mientras que en su mente las palabras “esto
parece un sueño” daban vueltas. Al cabo de un rato, acabaron por separarse.
—Estarás cansada, quieres que te prepare
algo para comer? —dijo Tom borrando las lagrimas que había en sus mejillas.
—Me encantaría —dijo Jade aun llorando—.
Tengo muchas cosas para contarte papá.
—Y yo a ti pequeña, y yo a ti.
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